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Orfebre urbano

  • 13 ene 2016
  • 4 min de lectura

Jahir tiene las manos rasposas como una lija. Es una suerte de internalización, quizá, de los instrumentos que utiliza diariamente para su trabajo: la elaboración de joyería en plata. Pero no son sólo las lijas lo que le dejan las manos así, es también por el uso prolongado de las pinzas para sostener las piezas y que terminan sacándole ampollas en la palma de la mano; o cuando sostiene las piezas para pulirlas y, de paso, pule también sus dedos que, además, se están quemando por detener la pieza caliente.


La plata 925 es la aleación más común que se comercializa. En su estado puro, la plata es un metal blando y maleable, es por esta razón que se hace necesario fusionarla con otro metal, ya sea cobre o latón, que le otorgue más resistencia. En una proporción de 92.5 por ciento de plata y 7.5 por ciento de cobre, Jahir inicia fusionando la granalla -es decir, el metal en grano que facilita su fundición-.


Comienza por pesar la cantidad exacta de los metales en función de la aleación y la cantidad de gramos que se vayan a necesitar para la elaboración de la pieza. Eso lo vierte en un crisol o copela, un pequeñísimo recipiente de barro el cual recibirá el fuego directo del soplete que fundirá el metal con la ayuda del altinca o bórax, el fundente que facilita este proceso.


Antes de tener el metal fundido, ya debió haber echado aceite y calentado la chaponera, pues ese será el destino de la plata cuando alcance el estado líquido que garanriza que los dos metales están totalmente fusionados ya. Con sumo cuidado y precisión, Jahir toma unas pinzas largas -con la mano que tiene libre- para tomar el crisol que arde con la plata ya fusionada y con una rapidez estresante tiene que verter el líquido dentro se la chaponera sin quitar el fuego directo del metal para que ésre no se endurezca.

Proceso de fundición de la plata. Foto: Karen Carrillo

Si todo salió bien, Jahir toma la plata, ya en estado sólido, con unas pinzas de carga y la echa en un ácido sulfúrico que está diluido en agua para enfriar y blanquear la plata; si no, tiene que repetir todo el procedimiento anterior.


Cuando el metal está listo para empezar a trabajar tiene que pasarlo por la laminadora hasta conseguir el calibre que desea pada su pieza de joyería previamente diseñada. A partir de ahí comienza a realizar diferentes procedimientos dependiendo qué es lo que va a realizar: un anillo, una pulsera, un dije, unos aretes o cualquier otra cosa.


¿Cómo aprendiste a hacer este procedimiento?


-Conocí a un bato que hacía joyería y me interesó aprenderlo. Me contó que existía la Escuela de Artesanías del INBA, que yo ni conocía, e hice mi examen para entrar. Es un proceso de un examen teórico, uno práctico y una entrevista. En el práctico te ponen a hacer una pieza, en mi caso fue un dije pero en otras generaciones ha sido un anillo o aretes.


¿Es mucha la inversión para hacer joyería en plata?


-Al principio es caro porque empiezas sin materiales, pero es una buena inversión porque te duran años y les puedes sacar procecho. Algunas herramientas son muy caras: una laminadora está entre 5 mil y 10 mil pesos; la pulidora está entre 2 mil y 3 mil; el raladro de banco te sale como 5 mil. Y la plata depende mucho del valor del dolar: cuando yo entré a la escuela el gramo de plata estaba en 9 pesos, ahora cuesta 15 porque el dolar ha subido.


¿Es difícil vender tus creaciones?


-Sí es difícil porque muchas veces las personas no están dispuestas a pagar y entonces empiezan a pedir que le rebajes. El famoso regateo de la cultura mexicana sólo devalúa el trabajo del artesano. Por ejemplo, el precio de una pieza se asigna dependiendo del precio de la plata en ese momento y cuántos gramos se hayan ocupado para su elaboración ; ese valor debe multiplicarse mínimo cinco veces para cubrir el gasto del gas que se ocupó, de las herramientas que se emplearon y del tiempo que el artesano tardó en trabajar la pieza.

Pieza en proceso de elaboración. Foto: Karen Carrilo

Jahir me explica que lo que más le gusta hacer son anillos, pulseras y aretes; y lo que menos le gusta es hacer dijes y collares. No obstante, explica que para hacer pulseras, por ejmplo, se requiere de una mayor práctica y un mejor manejo de la soldadura y otras herramientas como el uso del fuego.


Es un trabajo constante y de mucha precisión, en ocasiones tarda hasta dos semanas para terminar por completo una pieza. Otras veces, explica, cuando le encargan un trabajo tiene que tener la pieza en cuestión de horas. No le importa, dice, quemarse cuando agarra por error la pieza después de que le aplicó el fuego directo, o cuando se corta los dedos con la segueta cuando está haciendo un calado. Sabe que ese oficio se trata de práctica y manejo de sus herramientas que, con el tiempo, se vuelven más que sus aliados.

Piezas terminadas. Foto: Karen Carrillo

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