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Herrería artística

  • 5 ene 2016
  • 4 min de lectura

El suelo está lleno de alambres y alambritos, de fierros de distintos tamaños y grosores, y de colillas de cigarro. Alfonso López Álvarez me recibe sentado dentro de su taller en la calle Nueva Revolución en la colonia El Vergel, Iztapalapa. El señor tiene pinta de que en sus mejores años era alto, todavía tiene un poco de cabello lacio y blanco, bigote gris y ropa de trabajo: una camisa blanca de rayas azules algo polvosa, un chaleco tejido, pantalón negro deslavado, todo salpicado de pintura de colores indecibles.


Sentado desde donde está, habla de su vida muy escuetamente, solo dejando entrever su pasado laboral con pocos tintes de su vida privada. Prende un cigarro. “Yo tengo 74 años de edad, y trabajando tengo 52”. Desde los 15 años, don Poncho aprendió de su padre (que también empezó muy joven) el trabajo artesanal de la herrería, el trabajo bien hecho, como él lo llama, en un taller en la Moctezuma.


Después, en ese mismo lugar, puso un taller cuando ya contaba con 22 años de edad. “A partir de ahí empecé a trabajar por mi cuenta, a veces tenía ayudantes, normalmente no. Me casé a esa edad, a los 22, tuve 12 hijos”.

Mientras me cuenta, tiene las manos sobre una mesita con herramientas; el lugar no está sucio pero sí está desordenado, además de que hay polvo de trabajos viejos, de años de dedicación. Las manos se inquietan ante el cuaderno y la pluma que van de aquí para allá haciendo anotaciones, y aunque se percata de que he puesto el celular para grabar la conversación, al hablar me dicta frase por frase, y mira con nervios lo que escribo. Como si no quisiera que me perdiera los detalles.


Un silbido en su voz revela problemas pulmonares. Me confiesa que entre la exposición a los solventes y el cigarro se le ha ido desgastando hasta la voz. “Lo que hago es herrería forjada, herrería artística, y lo hago así porque ahí se ve la creatividad de un herrero. Ahora ya es más fácil para los herreros porque las piezas ya las compran hechas, yo prefiero hacerlas con mis propias manos, los detalles de los portones, de los ventanales, todas esas cosas. Soy muy perfeccionista en mi trabajo”.


Estamos sentados frente a frente, de pronto voltea hacia otra mesa mucho más grande y me señala una puerta de fierro que comenzó en la semana. Tiene un arco dentro y barras onduladas y verticales dentro del marco, además de un adorno que parece una flor con hojas en la parte de abajo y arriba de la puerta.

Foto: Emilia López

Don Alfonso me cuenta que su perfeccionismo se debe a su gusto por su trabajo. Estudió para maestro de primaria pero está seguro que la herrería le ha dejado más dinero. Aprendió a dibujar por su cuenta para poder hacer diseños de puertas y portones, además de barandales de escaleras, y adornos como macetas. Para hacer los detalles de sus trabajos utiliza una fragua también hecha por él mismo, que le sirve para calentar y darle forma a los metales. Se ayuda también de un yunque montado en un tronco para golpear el material y de moldes que va haciendo según los necesita.


Este trabajo se ha ido extinguiendo al haber tanta herrería comercial ya hecha. “No quiero decir con esto que soy el único herrero que hace este tipo de trabajo, pero con la industria, varios oficios, incluyendo el mío, han ido desapareciendo, son menos pedidos, aunque yo sigo teniendo muchos clientes”. Dice, con un dejo de orgullo en la voz.


Todavía joven viajó a Cancún, pues dos de sus hijos trabajaban allá y lo invitaron a pasar unas vacaciones. “Yo extrañaba mi trabajo, así que decidí que el tiempo que me quedara allá iba a trabajar. Pedí trabajo en un taller ajeno, estuve poco tiempo porque gracias a mi buen desempeño pude cubrir los gastos de un lugar propio. Me quedé unos… 14 años, y hace unos 5 me regresé para acá”. Su salud lo trajo de regreso. El esfuerzo diario le ha merecido una hernia inguinal y dos operaciones, además de un cansancio que le duele más por tener que trabajar menos y porque no ha tenido a quién dejarle todo lo que sabe de herrería.


Foto: Emilia López

“No soy egoísta, si hubiera alguien a quién dejarle lo que he aprendido me daría mucho gusto, pero ahora los jóvenes estudian más, y eso me alegra, o no estudian y se dedican a hacer nada, en lugar de aprender mientras tanto un oficio”. Asegura que intentó enseñarles a sus hijos, y aunque cuando eran jóvenes sus 8 varones llegaron a ayudarle, fueron tomando caminos diferentes: algunos son contadores, otros trabajan en el sector de hotelería, entre otras actividades.


Me explica que si hace herrería artesanal es por amor al arte, porque no puede creer que los actuales herreros sean flojos y prefieran comprar piezas hechas por máquinas “si ves mis trabajos te darás cuenta de que no todos son iguales, siempre tienen variantes, soy perfeccionista, te digo, mi gusto es que mis clientes me digan que les gustó, que me agradezcan y elogien mi trabajo, porque así sé que van a recomendarme. Si haces un buen trabajo, te conocerán 10. Pero si haces un mal trabajo, te conocerán 100”.


Al principio no fue tan fácil como parece. Sus primeros clientes eran familiares y amigos de familiares, pero ahora tiene clientes a los que les ha hecho trabajos desde siempre, ajenos a la familia e incluso a su colonia, recomendados o que simplemente leyeron el anuncio y quisieron preguntar.


El señor tiene las manos muy pintadas, arrugadas como cualquiera a su edad, pero todavía tienen la fuerza para levantar martillos y portones, para maniobrarlos. Su postura no es erguida pero tampoco se encorva demasiado, apenas es perceptible si lo miras de perfil, y se ayuda de una faja que le ha sido muy útil para no lastimarse y para continuar con sus labores. “Lo que sí admito es que soy un necio, no quiero dejar de trabajar. Seguiré haciendo mientras tenga la fuerza, hasta el final de mis días”.

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